La universidad puede contribuir a la integración de las personas con discapacidad.

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Cada dos semanas, personas con discapacidad y voluntarios de la organización Solidarios para el Desarrollo realizan juntos una actividad cultural. Hace unas semanas, este  grupo de ocio se dio cita en “Hoy toca el prado”, la primera exposición con accesibilidad para personas con discapacidad visual que organiza el Museo del Prado, en Madrid. Se compone de seis obras representativas de distintos géneros, adaptadas  con la colaboración de profesionales con discapacidad visual.

Además de las imágenes tridimensionales, la adaptación incorpora textos en braille, audioguías y gafas opacas, lo que permite recrear en la mente la pintura representada.

La actividad anterior consistió en una visita a la exposición Nikola Tesla, Suyo es el futuro.

El grupo lo componen más de 20 personas con diversidad funcional, la mayor parte de ellas estudiantes de la Universidad Complutense de Madrid (UCM), y doce voluntarios de la organización. La relación con la universidad en materia de discapacidad viene de muchos años atrás.

El Programa de Atención a Estudiantes Discapacitados (PAED) nació en 1995, cuando José Carlos García Fajardo, profesor en la facultad de Ciencias de la Información le preguntó a una estudiante en silla de ruedas a qué esperaba sola. Respondió que no tenía cómo  subir las escaleras que la separaban del aula donde tenía su clase.

Solidarios para el Desarrollo, que fundó el profesor con varios estudiantes, creó una red para ayudar a los estudiantes en el desplazamiento desde y a sus casas, en la toma y en la transcripción de apuntes y, en general, lo que contribuyera a sortear los obstáculos que les impedían estudiar en un aula universitaria. Aumentó de forma exponencial el número de estudiantes con discapacidad que se matriculaban en las universidades y sirvió de ejemplo para que otras universidades en España apostaran por un apoyo a las personas con discapacidad. La propia UCM creó la Oficina de Integración de Personas con Discapacidad.

El valor de la universidad radica en la formación de personas, aunque se haya extendido la creencia de que su función se limita a “transmitir conocimientos” para ocupar un puesto de trabajo. Como ocurre con cualquiera, la universidad abre todo un mundo de experiencias, de contactos, de conocimientos y de diversas actividades para las personas con discapacidad. Ninguna otra etapa en la vida aporta tanto ni da pie a la posibilidad de una gran expansión y crecimiento personal.

Cierto es que se han dado pocos pasos para incorporar a estas personas al mercado laboral. Pero cuando se hayan dado esos pasos, habrá toda una generación de gente con cultura, con conocimientos y con habilidades que les permitan desempeñar funciones en un puesto de trabajo. Pero además, contarán con las raíces para desarrollar su potencial humano.

A pesar de los avances, las personas con discapacidad tienen limitadas las posibilidades de participación social por no contar con apoyos y espacios adaptados a sus circunstancias, además de un estigma social.

Por eso, los programas de asistencia para personas con discapacidad han evolucionado hacia el fomento de un ocio normalizado e integrador. Este tipo de voluntariado, que han desarrollado varias organizaciones de la sociedad civil, promueve la igualdad de oportunidades y la mejora en la calidad de vida. Las actividades culturales y de ocio en grupo contrarrestan las barreras arquitectónicas y sociales que dificultan la realización cotidiana de estas acciones a estas personas. También hay organizaciones de voluntariado que hacen acompañamientos en residencias asistidas para personas con mayores dificultades para desplazarse. Además de hacer valer un derecho a un estado de bienestar general, como se define la salud, este tipo de iniciativas ayudan a romper las barreras de la mente, aún presentes en la sociedad.

Carlos Miguélez Monroy
Artículo escrito para el Centro de Colaboraciones Solidarias, donde se publicó
Twitter: @cmiguelez

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