Suena en el fondo la canción Where the Streets Have no Name, de U2, mientras Max acelera hacia al muro contra el que va a estrellar el coche. No pretende suicidarse, sino demostrarle a Carla que no tiene la culpa de la muerte de su niño de dos años durante el accidente de avión del que ellos dos sobrevivieron. Ambos llevan el cinturón de seguridad, y ella una caja de herramientas entre los brazos. Se produce el choque y la caja de herramientas sale disparada por el parabrisas.
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Vi Fearless (Sin miedo a la vida) poco después de que se estrenara en el cine, hace 20 años, pero aún me ponen la piel de gallina el acto de bondad de una persona para liberar a otra de su sentimiento de culpa y la música de fondo, que durante tantos viajes y etapas de mi vida me ha acompañado. Escuché esa canción decenas de veces durante los viajes que hacía con mi familia hacia Estados Unidos, en coche. Oírla anticipaba el reencuentro con mis primos en Saltillo, a la mitad del camino; predisponía la mente para los paisajes del desierto mexicano, las montañas azuladas que se extienden en el horizonte limpio, el vuelo de los zopilotes en las alturas y las yucas que se multiplican como un ejército para conquistar una tierra que, a media tarde, parecía inhóspita.

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Esos árboles dieron nombre al disco de U2: The Joshua Tree, “el árbol de Josué”. Una  hipótesis sostiene que los mormones nombraron así a la Yucca brevifolia a mediados del siglo XIX al toparse por primera vez con el árbol en el desierto de Mojave, tras cruzar el río Colorado. Su forma les recordó la figura del patriarca bíblico Josué cuando pidió la ayuda de Dios con las manos hacia el cielo.

Me maravilla la dinámica de mis propios recuerdos (esta palabra viene del latín recordāri, “volver a pasar por el corazón”). Asociar las fresas de una frutería en Madrid  a la alergia de Max, un personaje de ficción, y vivir de nuevo la escena del coche con la música de U2, que a su vez me vincula a tantos otros lugares y épocas, pero también personas: mi hermano Paco y su amigo (mi amigo también ahora) Paco Hernández, que nos acompañó en muchos viajes, mi prima Mariana, a la que oí una vez declarar su amor por el cantante Bono. Viajar en el tiempo a la tarde en “el rancho” en que vi por primera vez la película y volver a las películas alquiladas en Blockbuster para “pasar el rato”. Pero no sólo “pasaba la tarde” ni “mataba el tiempo”, como entonces creía, mientras esperaba el momento propicio para jugar al fútbol con mi hermano, con Óscar y con Beto, cerca del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, los famosos volcanes mexicanos. Guardaba en el corazón esa experiencia a la espera del estímulo y de las palabras adecuadas para que codificara y dejara salir todo esto que he vivido.

Carlos Miguélez Monroy
Periodista
Encuéntrame en Facebook y en Twitter: @cmiguelez

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2 Responses to Sin miedo a la vida

  1. jesusjprensa dice:

    que bueno, es verdad, corazon en italiano es coure, se parece mas asi.
    Tiene que estar muy bien ir hacia EE.UU. desde Mexico.

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