La adicción al sexo afecta a millones de personas y, en Estados Unidos, se considera una epidemia.

Los escándalos de figuras públicas como Dominique Strauss-Khan, Charlie Sheen, Tiger Woods y Michael Douglas por su adicción al sexo han abierto un debate público sobre este tema tabú. Sólo en Estados Unidos, se calcula que más de 9 millones de personas están atrapadas en comportamientos que conforman este tipo de adicción, considerada ya una “epidemia nacional”.

La película Shame, de Steve McQueen, se adentra con maestría en cómo esta adicción afecta a distintos aspectos de la vida de un hombre.


La fuerza de las escenas, algunas con un alto contenido sexual, se combinan con los silencios y las miradas que sobrepasan lo que cualquier diálogo podría decir, con la música de fondo y el dramatismo de esa ciudad que nunca duerme para mostrar el calvario que vive un adicto al sexo cada minuto que consigue avanzar.

Brandon, el personaje principal, se muestra incapaz de establecer vínculos emocionales. No importa si se trata de su hermana o de una atractiva compañera de trabajo, a la que invita a salir una noche. A la mañana siguiente de su primera cita se la lleva de la oficina a una habitación de hotel con una impresionante vista hacia lo que parece el Hudson River. Después de minutos de desenfreno pre-coital, de pronto se detiene y vuelve a envainar, decepcionado y con la mirada perdida. No puede culminar la faena y se queda solo, mirando por la ventana, hacia su vacío interior.

La penetración psicológica en el personaje alcanza tal perfección que al espectador le cuesta distinguir entre una mirada objetiva a través de la mirada de Brandon y su imaginación, condicionada por su adicción al sexo. Ocurre así en la primera escena, cuando va en el metro de camino al trabajo y cruza miradas con una atractiva pelirroja. ¿Le sonríe y cruza las piernas o se lo imagina? Cuando ella sale, él intenta seguirla, pero la pierde entre la corriente de personas que bajan por la escalera del transporte público en sentido contrario.

“No somos gente mala; sólo venimos del lugar equivocado”, le dice su hermana en una de las escenas. Ella padece la misma orfandad que él, pero la manifiesta con unas cicatrices en el brazo que el jefe de Brandon, un coqueto casado, superficial y de doble moral, le detecta una noche en que los tres se encuentran. El jefe la seduce y vuelven los tres al departamento de Brandon, que se cambia de ropa y se sale a correr en medio de la noche por las calles de Nueva York para no tener que soportar el jugueteo sexual de su hermana y de su jefe.

A la mañana siguiente, el jefe lo llama a su despacho para echarle en cara los archivos “depravados” que han encontrado en su computadora, aunque el culpable haya podido ser “un becario”. Él, que sedujo a su hermana con palabrería barata, que la besuqueó en el taxi de regreso y que tuvo relaciones sexuales con ella sin que le importara hacerlo en el departamento de Brandon.

La adicción sexual no conoce límites de espacio ni de tiempo. Lo mismo se encierra Brandon en el baño de su oficina para masturbarse que seduce con lenguaje “sucio” a una mujer que va a un bar acompañada de un novio que tiene un imponente físico; descarga material pornográfico de su oficina con el riesgo que eso supone para su carrera profesional y deja abierta su computadora con un chat sexual en vivo cuando su hermana le pide quedarse en su departamento unos días. Pero al final, tras cada turbadora escena queda esa mirada de angustia, rodeado de una soledad absoluta.

Esta película impacta a cualquiera, pero quizá aún más a quien haya vivido en Estados Unidos. Yo cursé mis estudios universitarios en el ultraconservador estado de Indiana. El revuelo nacional que causó esta película puede obedecer a que algunos espectadores hayan podido ver reflejada en la pantalla parte de la soledad que provoca una sociedad con su dosis de mojigatería y doble moral, que potencian ciertos comportamientos adictivos y dificultan la vinculación emocional con otras personas.

Esta rigidez pone obstáculos a la hora de dar salida no sólo a pulsiones sexuales naturales, sino a simples muestras de afecto como los abrazos y las caricias. En el mundo universitario, la ingestión de grandes cantidades de alcohol sirve como coartada para desinhibirse y dar rienda suelta a esas pulsiones y muestras de afecto. Es común que las personas “no recuerden nada” al día siguiente o que, si lo hacen, respondan con un “I was drunk” que parece borrarlo todo. Pero en el fondo queda esa vergüenza, como lo indica el título de la película: Shame.

Carlos Miguélez Monroy
Periodista

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3 Responses to Shame: adicción al sexo

  1. Ainhoa dice:

    El protagonista de “Shame”, interpretado de forma magistral por este Fassbender que, anteayer, por cierto, redescubrí en la espartana “300”, conoce su adicción y busca su autodestrucción ante su incapacidad de pedir ayuda. Un cinta muy áspera y para la que hay que estar preparado por la dureza de su vida que, a su vez, se ve reflejada en esa hermana desesperada que no encuentra su lugar en el mundo. Un “bravo” por esta película y muy de acuerdo con lo que has escrito.

  2. Concuerdo con tu afinado comentario, Ainhoa. Me habría gustado extenderme un poco en el personaje de la hermana, pero es difícil leer más de 700 palabras estos días. Buscaré esa película de este fascinante actor, gracias.

  3. Ainhoa dice:

    En “300” hace de secundario, al igual que en “Malditos bastardos”, aunque en esta última tiene una fantástica escena de tensión que acaba en locura como todas las de Tarantino… En “Un método peligroso”, una de las últimas, se lo come con patatas Viggo Mortensen, sin embargo…

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