Algunas personas encabezan un movimiento para restarle “revoluciones” al ritmo de la vida “moderna”. Carl Honoré, periodista inglés, explica en El elogio de la lentitud, que publicó hace más de cinco años, los sucesos que le llevaron a convertirse en un militante “antiprisa”.
Se empieza a hablar de un regreso a los orígenes del hombre, cuando asumía su pertenencia a la Tierra y veneraba la vida y aquello que le rodeaba. Después descubrió y desarrolló la agricultura. Más tarde, se concentró en ciudades y empezó a desarrollar una vida industrial para la que eran necesarias las riquezas naturales. Se lanzó a la conquista de estos recursos y, aún hoy, ha sido incapaz de saciar esas ansias.
Atrás han quedado los cadáveres de las miles de especies de plantas y animales extintos, la capa de ozono perforada, el calor atrapado por los gases que produce nuestro modelo de “desarrollo”, los glaciares derretidos y desiertos con miles de desplazados que buscan los recursos necesarios para subsistir.
“Contra el agobio, pereza”, dice uno de los slogans del triunfo de la lentitud. No se trata de la desidia y el desinterés que anquilosa a muchas personas por la deshumanización que promueven algunos medios de desinformación. Se trata de saber descansar, de frenar el ritmo, de respirar, de observar lo que nos rodea y de agudizar los sentidos para percibir lo importante y no sólo lo urgente.
Si cada persona se detiene a reflexionar, el ritmo de la vida cobrará la paz necesaria para crear, para innovar y para materializar modelos alternativos. De no desacelerar, el hombre continuará sometido a la moral que sostiene que “no tener es pecado”. Los pueblos y el planeta se beneficiarán de la pérdida de ansiedad y de estrés que alimentan el ritmo de consumo y la violencia mundial en muchos de sus niveles.
En La resistencia, el escritor argentino Ernesto Sábato nos recordaba que “no hay otra manera de alcanzar la eternidad que ahondando en el instante, ni otra forma de llegar a la universalidad que a través de la propia circunstancia: el hoy y aquí”.
En la sociedad actual, es posible ir de un continente a otro en cuestión de horas y, al llegar al destino, conectarse a la red para comunicarse con una persona que se encuentre en un continente aún más remoto y, después, llamar a casa para decir que volverás al día siguiente.
Gandhi ya veía que, en realidad, la revolución en las comunicaciones y en el transporte no ha liberado el tiempo de las personas. Hemos llenado el vacío con actividades o con trabajo. Gracias a inventos como los portátiles, los celulares modernos y la popular Blackberry, las personas se han llenado de distracciones y de trabajo mientras viajan en el tren de alta velocidad.
En los países “desarrollados”, la gente trabaja 200 horas anuales más que en 1970, según la iniciativa estadounidense/ canadiense Take Back Your Time, que se traduciría a “recupera el tiempo que te pertenece”. En ciudades como México D.F, para muchos trabajadores es habitual levantarse a las 5:00 para salir de casa a las 6:00, meterse en el tráfico, y llegar a las 8:00 a la oficina. Nueve horas de trabajo y, a la salida, de nuevo el tráfico para llegar a casa de noche para ir a dormir.
En el fondo de todo está el modelo de vivir para trabajar, vivir para el dinero, vivir para el saber. Es decir, vivir en abstracto, como decía Sábato, en lugar de darnos cuenta de que la vida no es un medio sino un fin. Que el trabajo, el dinero y el saber sirvan para vivir, y no al revés.

Carlos Miguélez Monroy
Periodista. Artículo editado y adaptado de otro publicado por el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) el 21 de diciembre de 2007

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