Tres millones de niños en Estados Unidos toman drogas legales para tratar problemas de atención y de hiperactividad. El doctor L. Alan Sroufe, profesor emérito de la Universidad de Minnesota, afirma que sustancias como el Aderall y la Ritalina, utilizados para tratar el Déficit de Atención, sirven sólo en el corto plazo. Con el tiempo, los pacientes desarrollan un umbral de tolerancia que mitiga los efectos del medicamento.
Sroufe considera que el enfoque farmacéutico se ha basado en la idea de que la actividad neuronal y química del cerebro en los niños con déficit de atención difiere de la de niños considerados “normales”. Pero el profesor de Minessota cuestiona que esta diferencia obedezca a factores genéticos y considera posible que los niños desarrollen conexiones neuronales distintas como respuesta a su entorno social, muchas veces marcado por la pobreza, la violencia y problemas familiares.
Este debate llega al mismo tiempo en que el presidente Obama promueve una ley que obligaría a los médicos informar de honorarios que les dan los visitadores de la industria farmacéutica que los visitan para promover sus productos. Existe la sospecha que esos honorarios condicionan el diagnóstico de algunos médicos y los medicamentos que recetan.
Hace unos meses se publicó la investigación de los periodistas Melanie Newman y Chris Woods sobre este tema. Más de cincuenta niños desarrollaron “tetas” por consumir Risperdal, otro medicamento para tratar su Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH).

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Ni la Food and Drug Administration (FDA) había autorizado la utilización del Risperdal para tratar el TDAH, ni los médicos advirtieron a los padres de los posibles riesgos del medicamento. Autoridades federales investigan si se debe a que desconocían esos efectos o si Johnson & Johnson, la farmacéutica que comercializa el medicamento, pagaba honorarios a los médicos más influyentes en el tratamiento de ese trastorno. En los últimos dos años, las grandes farmacéuticas han pagado más de 200.000 millones de dólares en honorarios a médicos.
Las autoridades sanitarias intentan obligar a los laboratorios que fabrican medicamentos sospechosos, como el Risperdal, a incluir en las cajas de sus productos advertencias sobre los riesgos de consumir sus productos. La responsabilidad recae así en el paciente y ninguna en el médico, la persona a quien se le confía la salud de las personas, o en los laboratorios.
En el caso de los oncólogos en Estados Unidos, se calcula que entre el 60 y 70% de sus ganancias provienen de sobornos de laboratorios farmacéuticos. Esto resulta incompatible con la auténtica investigación para curar la enfermedad.
El doctor Joseph Biederman, de la Facultad de Medicina de Harvard, ganó casi 2 millones de dólares adicionales a su sueldo como médico y profesor, según un Comité del Senado que lo investigaba por no haber declarado esos ingresos. Una parte provenía de empresas privadas, entre las que estaba Johnson & Johnson. La farmacéutica financió un centro de investigación que él dirigía en Harvard “para investigar los trastornos psiquiátricos de los niños”. Biederman ha promovido durante años la utilización de Risperdal para tratar trastornos bipolares y otras enfermedades psíquicas.
Estos datos coinciden con la proliferación de diagnósticos de hiperactividad y problemas de atención en niños y jóvenes en Estados Unidos durante los últimos años.  La Ritalina, otro fármaco para tratar la hiperactividad y el déficit de atención, acelera el ritmo cardíaco, deshidrata y puede producir fuertes dolores de cabeza que requieren más fármacos. Además, son comunes la irritabilidad, los cambios repentinos de humor, los bajones y otros trastornos emocionales y psicológicos. Este medicamento ya ha saltado de la consulta del médico a las residencias universitarias. Basta con la receta de un estudiante diagnosticado con TDHA para que empiece a circular el “remedio mágico” en épocas de exámenes.
El Risperdal no sólo ha dejado secuelas en los niños que han desarrollado los pechos más de lo habitual, sino que ha provocado diabetes y Parkinson en pacientes que reciben tratamiento para otras enfermedades psíquicas. Más de 2.000 personas han emprendido acciones legales contra Johnson & Johnson. La empresa pagó 2.300 millones de dólares en multas por estas prácticas. Mucho dinero en términos absolutos, pero una cifra insignificante al lado de los 180.000 millones de dólares de beneficios que obtuvo la empresa farmacéutica en 2010 con la venta de 12 medicamentos.
Para obtener ese margen de beneficios, algunos laboratorios también pagan grandes sueldos a “representantes” que distorsionan la información sobre ciertos medicamentos con el fin de “convencer” a los médicos de que los receten, muchas veces sin que los haya aprobado la FDA. Luego “se arrepienten”, dan el chivatazo y se llevan una importante proporción de la multa.

Carlos Miguélez Monroy
Periodista

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