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(Por Ricardo, Diana y sus tres hijos, y por Carlos Fuentes. Sus muertes se unen hoy en mi recuerdo)

La última vez que hablé con mi tía Diana – y con mi tío Ricardo y a sus tres hijos, mis primos – fue cuando le regalé Instinto de Inez. En unas vacaciones de Navidad a México, cuando ya estudiaba la carrera de periodismo en Estados Unidos, me invitaron a una comida a la que había que llevar un regalo a otro invitado previamente asignado. La muerte se los llevó antes de tiempo, un día de noviembre, casi un año después. Estaba yo en Indiana y se sentía en el aire la electricidad de las primeras nevadas que vendrían. Una tragedia familiar se digiere muy mal en la distancia y peor aún cuando son cinco de golpe.

Carlos Fuentes había intentado entrar en mi vida en la secundaria, muchos años antes,  pero me negué a leer Aura, a pesar del alto contenido erótico del que me habían hablado.

Unos diez años más tarde me reencontré con el escritor cuando compré La muerte de Artemio Cruz, que leí entre viaje y viaje de una ciudad a otra del Midwest estadounidense y que terminé en la hemeroteca de la universidad, donde tuve uno de mis primeros trabajos. Me encontraba solo con mi libro en aquel escritorio a aquellas horas; los latidos de mi corazón se aceleraban con la escena en la que el niño Artemio mata de un disparo en la cara a Pedro Menchaca para impedir que se llevaran a su hermano y cuidador Lunero a trabajar en una hacienda.

Me sedujeron tanto el poder narrativo de Fuentes y su visión de México que me llevé  El naranjo o los círculos del tiempo a Madrid, donde cursé un semestre en la Universidad Complutense de Madrid. El libro se compone de cinco relatos que hablan de mestizaje y de choque cultural, dos fenómenos que han marcado la historia de México… y de España. Una de las historias describía la llegada de Colón a las Américas; otro hablaba de Hernán Cortés y de sus dos hijos que se llamaban Martín. Uno lo tuvo con su esposa española y el otro con La Malinche. Otra de las historias relata narraba la barbarie del cerco de Numancia por parte de los romanos. Para recordar el resto, acabo de incluir El naranjo mi lista de libros que quiero releer.

En mayo de 2003, un año antes de terminar la universidad, fui a Madrid a hacer mis prácticas profesionales en el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS). En uno de los consejos de redacción, me enviaron a cubrir la presentación de La silla del águila, una de las últimas obras del autor, en el Círculo de Bellas Artes en Madrid. Utilicé parte del discurso de Carlos Fuentes, acompañado por Felipe González y un periodista de The New York Times, para escribir el primer artículo que me publicaron en el CCS y en medios digitales.

Recuerdo mis conversaciones en las comidas de los lunes con mi amiga Estefanía, en el comedor de la facultad de Ciencias de la Información.  Ella, como muchos amigos, conocía mi admiración por el autor y su literatura. Con Nerea, otra amiga de la facultad, me regaló Todas las familias felices por mi cumpleaños.

Años más tarde, cuando volvió a caer en mis manos Instinto de Inez, supe que la novela trata del arte, del amor y de la muerte; leí más adelante Inquieta compañía, un libro de relatos que no me entusiasmaron y cuya prosa sentí algo forzada y afectada. Por eso decidí comprar Gringo viejo, considerada una de sus grandes obras que terminé en Zahara de los Atunes, Cádiz, el año pasado. No me defraudó la historia de ese periodista gringo desaparecido en medio de la Revolución mexicana. “Temo que la verdadera frontera la trae cada uno dentro”, dice el gringo viejo al cruzar de Estados Unidos a México, consciente de que la separación entre países no es más que una construcción de la mente. Cuánta razón. Si existieran esas fronteras, no habría podido llenarme como lo he hecho del México y del mundo con que el autor impregnaba su obra. En Indiana, en Chicago, en Ixtapa Zihuatanejo, cuando leí por segunda vez La muerte de Artemio Cruz, en Madrid y en Cádiz, en distintos paisajes y en distintas etapas de mi vida. Hoy, cuando me enteré de su muerte, todos esos recuerdos han vuelto de golpe al cuerpo al que pertenecen y pertenecerán mientras me mantenga con vida. No sé si podré dormir.

Carlos Miguélez Monroy
Periodista

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3 Responses to Muerte de Carlos Fuentes, recuerdos que abruman

  1. Qué suerte tuviste Carlos, escribir sobre un autor tan renombrado y tan amplio en sus temas. Yo leí La frontera de cristal, Aura, Gringo viejo e Inquieta compañía. Un gran escritor sin duda. Me falta tiempo para leer lo demás, es que, para mí, la lectura es una pasión y me falta TIEMPO. Y eso que leo lo que 10 mexicanos leen en un año, yo lo leo en 6 meses… Un abrazo.

  2. Rosario Narezo Benavides dice:

    Gracias Carlitos por recordar a la familia en tu emotivo recuerdo de tus lecturas de Carlos Fuentes. Un abrazo cariñoso. Rosario Narezo.

  3. Paco Miguelez dice:

    Hermano Querido, no cabe duda que haz hecho de tu sensibilidad y tu pasión una forma muy digna de vivir…te quiero y te extraño carnal, espero verte pronto.Paco

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