Daniel Bravo Rodríguez, informático de 31 años, vuela a Lima en busca de nuevas oportunidades. Dani, comienzo esta “despedida” con el reconocimiento de que has sido mi primer amigo en Madrid. Deseo que te acojan allá como tú y tu grupo de amigos me acogieron en mi primera estancia en Madrid, hace más de diez años. No sólo me abrieron la puerta a sus juergas, sino también a círculos más íntimos, reservados a la gente más cercana.


Esa acogida ha sido determinante para que haya vuelto a esta ciudad, después de añorarla al volver a Estados Unidos para terminar la carrera, y me haya asentado con un trabajo, nuevas amistades y luego mi mujer, con la que tendré un hijo. Además, mi satisfacción por los meses que pasé en Madrid atrajo el desembarco de mi hermano Pablo y el de mis primos, uno de ellos en Barcelona y el otro que vuela con el viento, libre.

La vida no sólo consiste en estudiar para conseguir un puesto de trabajo, ni en trabajar. Consiste sobre todo en crear vínculos cuyo impacto y magnitud nunca aprehenderemos. He pensado mucho estos días en la forma en que el encuentro con una persona, por muy accidental que parezca, puede cambiartela vida. No podría entender mi vida en Madrid sin remontarme a la primera vez que hablamos en el bar de Seve. Estas reflexiones me reafirman en que nadie se hace a sí mismo del todo, como muchas personas sostienen en la cima de su carrera o de su vida. Nadie llega solo a ninguna parte.

Por circunstancias, por nuestro carácter y por diferencias personales nos acabamos distanciando. Pero todo me volvió de golpe cuando recibí tu correo en el que anunciabas tu marcha a Perú: nunca olvidaré que me integraran en una de las peñas durante las fiestas de El Barraco, en Ávila,con Jorge, con Java, Noelia, Perico y Valdo, por supuesto. Me pregunto qué será de ellos. Tampoco olvido al gallego Seve, amo de las copas en el Altea, donde comenzábamos los viernes nuestras fiestas, antes de ir al Chesterfield. Ni a Amal, su mujer marroquí que servía tan amable los desayunos y las comidas.

Espero, querido amigo, no llegar tarde para agradecerte la amistad antes de despedirme. Cierto que nos hemos visto poco, pero ha sido por dejadez y no por separación geográfica.

Para concluir la despedida, te dejo un temazo del que tanto disfrutabas en aquellos tiempos. Los considerábamos eternos, comoel día de mañana, 23 de junio, previo a la noche de San Juan, la más corta del año. Pero como muchas cosas en la vida, alcanzaron su final sin darnos cuenta.

Espero que encuentres en Perú al menos una persona como tú, un Dani que te acoja con los brazos abiertos y una sonrisa. No la pierdas y mantén “un corazón a la escucha”, como dice una de las personas que más respeto y más admiro, y que también es “culpable” de mi permanencia en Madrid.

Carlos Miguélez Monroy
Periodista
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