No se puede atribuir al egoísmo ni al individualismo la fiebre por el deporte. Se trataría más bien de síntomas y de reacciones ante cierto malestar que producen algunas formas “modernas” de vivir.

40esima Edizione della Roma Ostia (FOTO TEDESCHI)

Entrenamientos planificados en lugar de los masificados y de alta intensidad, acondicionamiento enfocado hacia la competición, ejercicios con el propio peso del deportista y rutinas desde casa en conexión con otros usuarios gracias a las nuevas tecnologías. Estas tendencias que señala The Chicago Tribune confirman la fiebre por el ejercicio físico que se observa en parques, en las calles y en los gimnasios.

Hace unos años se le consideraba “lobo solitario” al varón de entre 15 y 40 años que corría por las ciudades. En la actualidad lo hacen personas mayores, mujeres y hombres, y de distintas complexiones.

O se aficionan a distintas disciplinas en grupo. Cuando llega la primavera, se pueden ver grupos de ciclistas que recorren decenas de kilómetros por los arcenes de las carreteras. En cualquier época del año se llenan los parques de corredores, muchos de ellos con aparatos que les permiten competir contra ellos mismos al medir ritmo,  velocidad y pulsaciones. Incluso algunas aplicaciones de teléfono permiten organizar carreras y desafíos virtuales con otros usuarios.

Coinciden casi todos en que el deporte les hace sentir bien. ¿Pero en qué sentido? Tras una dura primera etapa que dura días o semanas y que consiste en acostumbrar al cuerpo a grandes esfuerzos, muchas personas se “enganchan” a los efectos de las sustancias que produce el cuerpo al hacer ejercicio.

Por otro lado, muchas personas encuentran en el deporte una manera de canalizar diversas necesidades relacionadas con el bienestar físico, con la imagen, con la autoestima y la confianza, con sentirse útiles y con “desconectar” del trabajo y del estrés de la vida diaria. En ocasiones, el deporte puede convertirse en una vía de escape para quienes tienen problemas con su pareja, muchas veces por la sensación de asfixia que producen la falta de respeto al espacio vital que muchas personas necesitan para desenvolverse.

Por otro lado, las actividades en grupo abren una puerta para conocer gente. Hay personas que acaban  de llegar a una ciudad y tiene pocas alternativas para conocer gente nueva. Otras padecen timidez excesiva o tan sólo buscan nuevos grupos de posibles amigos con intereses similares. A esto se suma la creciente facilidad con las que tanta gente “rompe el hielo” y se conecta por medio de redes sociales como Facebook, Twitter o Instagram, o por el Whatsapp, sucesor de chats como MSN Messenger, ICQ y otros, que tuvieron su apogeo hace más de diez años. En cuestión de semanas, hay personas que hicieron de su equipo de fútbol de aficionados o de su grupo de corredores o de Cross Fit una bandada de hermanos que comparten parte de sus vidas fuera del campo de fútbol o del gimnasio.

Se crean vínculos elegidos de forma libre, a diferencia de los impuestos por la familia biológica. Surgen nuevas “familias” donde sus miembros pueden encontrar un ambiente más adecuado para sanar heridas del pasado o desintoxicarse de relaciones que los ahogan. Esta búsqueda de nuevas “familias” ha llamado la atención de la psicóloga Andrea Henning en sus años de experiencia como terapeuta individual y de pareja, que trabaja con grupos y realiza diversos talleres en España.

El deporte canaliza necesidades similares a las de actividades culturales o altruistas como el voluntariado social. Todas estas actividades comparten beneficios en la salud y en el desarrollo del componente social de las personas. Pero también coinciden en los riesgos de reforzar actitudes que pueden conducir a una sociedad aún más individualista. En el caso del deporte abunda el narcisismo y la competitividad que está en la base de un modelo excluyente; en el del voluntariado se produce, a veces sin querer, una instrumentalización de las personas excluidas al convertir el voluntariado en un pasatiempo u actividad social como cualquier otra.

Sin embargo, no se pueden atribuir al egoísmo ni al individualismo esta fiebre por el deporte ni a las distintas formas que encuentran las personas de organizarse como sociedad civil. Se trataría más bien de síntomas y de reacciones ante cierto malestar que producen algunas formas “modernas” de vivir. Sobre todo, de una forma de canalizar la energía si se hace con un programa supervisado por profesionales.

Carlos Miguélez Monroy
Artículo escrito para el el Centro de Colaboraciones Solidarias y publicado en diversos medios de comunicación
Twitter: @cmiguelez

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